Sobre un hecho ya pasado, que puede repetirse…

Cumplió la pena que la justicia en aquel momento le impuso por su participación en un crimen que aún recordamos con espanto, indignación, y hasta rabia…

20 años pudieran parecer mucho, pero no parece que han bastado para borrar un hecho que nos consternó a todos y a todas.

Se implora el perdón, se apela a la razón cristiana, al cumplimiento de la pena impuesta, pero el dolor es tan profundo, que parece que continúa latiendo en el centro mismo de nuestro pecho.

Es su derecho hacerlo, falta aún que la sociedad sienta que tenga el deber y quiera otorgarlo.

Fue un acontecimiento que dejó muchas dudas y preguntas sin respuestas. A lo mejor es preferible no conocerlas todas.

Traigo esto a colación pues hechos como éste no sólo dejan huellas en quienes lo han padecido directamente, sino también en el alma de quienes fuimos testigos de todo cuanto aconteció a su alrededor, y que nos conmovió en lo más profundo de nuestro propio ser.

No es mi intención negar derechos, como tampoco incentivar adversidades. Solo pretendo generar procesos, si es que esto puede o no ser necesario, de sanar heridas en la conciencia social, o mejor, en el inconsciente colectivo. Todo ello con el propósito de recuperar la indignación como principio de vida ante la negación de la vida; de recuperar la bondad y la compasión, como valores fundamentales para respetar la vida. De anteponer la vida a la muerte, que no fuera solo por una causa de vida justa, noble e imprescindible, y aún así, reivindico siempre la vida; por la necesidad de recuperar el sentido y significado de la vida misma como un don gratuito de lo divino.

Una historia algo extraña…

La dominicana ha sido una historia particular. Fuera encuentro o descubrimiento, lo que si quedó claro, que las vidas de los pobladores originarios de nuestra isla vieron terminadas su existencia en muy poco tiempo. Nos quedaron pocos vestigios en la lengua, en la comida, y quizás en unos genes escondidos en la maraña genética que desde entonces se conformó.

Que si 5 cacicazgos y hoy 32 provincias, y un reguero de municipios que solo justifican cargos públicos. Un reguero de presidentes por todas partes: Presidente de la República, Presidente del Senado, Presidente de la Cámara de Diputados y así sucesivamente. Parecería que presidente es un vocablo que da prestigio. Jefes, los hay por donde quiera. Es lo que todo el mundo quiere ser.

Una isla y dos pueblos. Distintos en su lengua y sus costumbres, qué decir de sus creencias y ritos mágico-religiosos. Un pueblo que declara su independencia del otro y no de la colonia como otros pueblos del continente. Una revolución social que solo termina empobreciendo a quienes supuestamente reivindicaba. Una historia singular que nos genera de todo, en uno y otro lado. Ser pobre y negro, y de preferiblemente mujer haitiana, es el negocio del cual viven unos cuantos, nacionales y extranjeros.

Que si Osorio y sus devastaciones. Que si corsarios y piratas, de ayer y de hoy. Con razones diferentes, pero con la misma cultura de apropiarse de aquello que no les costó esfuerzo alguno, que no fuera el cómo alzarse con lo ajeno.

Sabios de todo tipo. Capaces de hablar de física y fusión nuclear como el que más sabe, como también de problemas económicos, de educación, de salud y seguridad social. Los hay de aquellos que ponen y disponen a través de un micrófono que les da poder de decir y maldecir. También éste parece ser un buen negocio.

Es un pueblo, que como decía Antonio Zaglul, baila hasta sus penas. Con una fuerte tendencia al pesimismo, y mucho más, al de quejarse por todo. De lo que sirve y no sirve. De lo que está ahí, y luego, deja de estar. No importa. El asunto es quejarse. Si hay “demasiada luz” y el recibo “me va a salir muy caro”, como si no la hay, y ya estoy harto.

Nos fuñimos porque nos descubrieron los españoles, aunque de eso hace más de 500 años. Igual da. Pero al mismo tiempo, con un sentimiento histórico de orfandad. Nos dejaron abandonados a nuestra suerte. Total, parece que las expectativas de la corona estaban muy por encima de lo que finalmente encontraron, y así, fuimos presa de todo tipo de malandrines que andaban por esos mundos y mares de dios, haciendo de las suyas.

La acumulación originaria no termina nunca. Siempre hay quienes necesitan más y para eso muchos se meten a políticos: hay que buscársela a como dé lugar. Hace tiempo alguien dijo que el 99% de los dominicanos (e imagino también que incluyó a las dominicanas) eran corruptos, ladrones. Él estaba en el 1%. Es una cultura, la de la corrupción, endémica. Pero, como todo en la vida, cada uno tiene su corrupto favorito. Más recientemente, en el Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadanía, los estudiantes de 8º grado del Nivel Primario entendían, como de lo más normal, el tema de la corrupción. De eso se trata si se consigue un cargo público. ¡Qué esperanza! Más complicado aún, si de orden social se trata, la dictadura está justificada.

Una historia de saltos y confusiones. 31 años atados de pies y manos por un tirano que hizo de este pedazo de tierra, Su Tierra. Dueño de todo y de todos. Pero aún de fecha tan reciente, que mentalidad fría que pueda analizar el período correspondiente sin las pasiones del culpado o inculpado, casi es imposible. Un golpe de estado y una guerra civil, que terminó siendo una “Guerra Patria”. 42 mil marines pisaron el suelo patrio. Una alambrada interminable dividió la ciudad en dos. 15 y 16 de junio, el olor a pólvora nos embriagó a todos. Consecuencia, llegó el “doctor”.  Esos primeros 12 años, que duros fueron.  Ser joven, era ser comunista.  Para juicio de algunos, esta figura quedó como atrapada en la conciencia de muchos como el abuelo aborrecido, pero abuelo, al fin de cuentas. En un tiempo todos los epítetos le cabían, hoy, las dudas están por todas partes, pues hasta “padre de la democracia” fue convertido, y no por sus mejores aliados.

Una izquierda que nunca pudo ponerse de acuerdo consigo misma, y qué decir de un proyecto social. Imposible. No aprendió a sumar, y mucho menos, a multiplicar. Si a dividir y a dividirse. Son cabezas que han andado y andan por todas partes. Unos pocos quedan atados en sus discursos de barricadas de los ´60 y ´70.  La mayoría de los jóvenes de hoy, no solo no entiende esos discursos, es que tampoco lo digieren. Esa juventud, que antes abrazaban los ideales de una sociedad nueva y un hombre nuevo, tienen en su mayoría, la vista solo puesta sobre el celular, y a veces, miran de reojo lo que está pasando en el mundo. Las ideas, ya no parecen convocarlos. Más fácil les convoca el festival… Aquel rostro escudriñador, alentador de nuevas lides, de barba abundante y de pelo largo enmarcado por una boina negra, es solo el adorno de muchas camisetas de las “mejores marcas de ropa”. ¡Qué ironía!

Por momento prenden colores nuevos, en un amasijo de ideas diferentes que no terminan cuajando en un proyecto social. La más de veces, atrapados en las lógicas de partidos que no enarbolan ideales, y que han ido perdiendo terreno como organizaciones de masas. Nadie habla de un proyecto de nación, para qué, si eso no convoca.

Una historia de azules y rojos. De bolos y coluses. De morado, blanco, verde y rojos, y de muchas otras combinaciones posibles según el momento. Azul claro, rosado, morado rojizo. Hay para todo, si de oportunidades u oportunismos se trata. Ésa es la verdadera escuela donde los jóvenes de 8º que participaron del Estudio Internacional citada antes, hablan. Es lo que ven todos los días, ¿y por qué tienen que pensar diferente?

Y como decía Moscoso Puello en sus famosas Cartas a Evelina, en el número siete de estas: “Un hombre sin un cargo público, en este país, no es un hombre completo. Un cargo público es algo indispensable para cumplir con los fines de la vida. La vida es algo, pero el cargo es casi todo. Un hombre sin cargo público es una cosa, un artefacto, no se le toma en cuenta nunca, ni siquiera se le mira. Porque lo que es digno de admiración, de codicia y de respeto, es el cargo”.

Por eso alguien llegó a decir: “somos un país muy especial”. ¿Cierto?

24 de abril, y una bochornosa invasión.

El silencio nos abrumaba a todos. El día se hacía tenso. Todos en expectativa. Estábamos ya acostumbrados al tableteo de las ametralladoras San Cristóbal o el disparo impactante del fusil. Nuestros cuerpos presentían lo peor. No había dudas de que algo siniestro acontecía %u201Callá afuera%u201D. Todos metidos dentro de la %u201Cbarricada%u201D, que con tablones de madera, papá había improvisado en lo que era %u201Cmi habitación%u201D. Único espacio en toda la casa que tenía tres paredes de blocks. Nos sentíamos todos protegidos de las balas que traspasaban el zinc o las paredes de madera de nuestra casa, situada en la calle Camino Chiquito No. 33. Hacía muy poco tiempo que papá, junto a algunos de los vecinos habían asumido la responsabilidad y compromiso de dar sepultura a aquellos dos jóvenes, que en la huída despavorida habían dejado sus compañeros de lucha, cuando la avanzada %u201Coperación limpieza%u201D venía barriendo calles y callejones, en búsca de combatientes.

Cada día se vivía como el último. Ya nos habíamos acostumbrados a permanecer dentro de la casa, y apenas, asomar la cabeza intentando buscar un atisbo de información visual que nos permitiera calmar los nervios. Las tareas del funcionamiento de la %u201Cbarricada%u201D estaba organizado. Yo era el encargado de mantener un termo de té de hojas de limoncillo, que crecían en el patio de la casa y que generalmente acompañábamos con «masita» o alguna galleta. De vez en cuando todos sentados contra la pared nos dedicábamos a hacer cuentos, con tal de que el tiempo transcurriera sin darnos cuenta. Mamá, en su estoicismo, solo nos miraba.

Desde aquella tarde del 24 de abril todo había cambiado en nuestras vidas, y en las vidas de todos nuestros vecinos. Entre nuestra casa y la de al lado, donde vivía la familia Olivier González, solo había una hoja de zinc que bastaba con empujarla para pasar de un lado hacia el otro. Los platos de comida y otros menesteres, traspasaban constantemente en un compartir continuo entre dos familias, que más que vecinos, éramos como hermanos y hermanas. Todavía hoy todos recordamos muchas anécdotas de ése y otros tiempos, que nos hicieron %u201Cvecinos-amigos-hermanos%u201D. Mientras en nuestra casa la mayor parte del patio era %u201Cun inmenso%u201D taller de ebanistería, conocido formalmente como Santo Tomás, y que traspasaba la cuadra entre la Camino Chiquito y la Profesor Amiama Gómez, algunos deliciosos frutos se convertían en manjares exquisitos: Guayaba injerta, jobos, cocos, mangos, y alguna que otra fruta más. De igual manera, el patio de la casa de Don Chichí y doña Tará, nuestros vecinos-amigos-hermanos, también muy grande, estaba repleto de matas de plátano, guineos y café, así como una %u201Cenorme%u201D mata de guanábana para el deleite de todos nosotros. Mi padre un artista de la madera, don Chichí Olivier un artista de la música: saxofonista y flautista exquisito. Lo recuerdo vestido de blanco, con su cabeza blanca, y todo el resto de la orquesta de negro. Él parecía ser el centro de todo aquello. Y así era. Todos los lunes, lo recuerdo como ayer, sus compañeros de trabajo, músicos todos, con sus instrumentos a cuestas, llegaban a su casa, su hogar y las horas transcurrían entre la música, y una riquísima %u201Cpata de vaca%u201D, con mucha yuca y arroz blanco. Como era de esperarse, el plato de pata de vaca también formaba parte ese día de la comida de mi casa.

Ese pedazo de barrio de Villa Juana era muy especial, como lo erán las familias que allí vivían. Porque así era, cuando nos referíamos a una de esas casas era con el nombre familiar: los Olivier, los Valeirones, los Cantizanos, los Di Carlo, los Goodrich, los Avejitas (ése no era un apellido, aunque sí un apodo), los Heredia, los Mieses, los Mota (Manuel Mota y los hermanos Alou eran una gran atracción en el barrio, sobre todo de nosotros los muchachos que jugábamos a la pelota en la calle, y que ellos, de vez en cuando %u201Cnos daban clínica%u201D), los Alegría, los Salcedos, los Cabral, los Robledo, los Tactuks, y así otras familias que adornaban la José de Jesús Ravelo, la Camino Chiquito y la Marcos Adón. No había manera de pasar desapercibido, pues muchas veces cuando andábamos correteando por las calles y patios, siempre había un comentario como %u201Cqué hace el hijo de don Julio o Doña Ofelia por aquí%u201D. Todos estábamos fichados y bajo el escrutinio de los vecinos.

Pero mi historia es otra, a la que a ella vuelvo. El día o la tarde, eso ni lo recuerdo bien, no era un día cualquiera. La tensa calma, no calmaba nuestro ánimo. Por lo contrario%u2026 dos días antes, veíamos helicópteros transportando jeep, cajas y muchas otras cargas, que %u201Cparecían venir de San Isidro%u201D, donde estaba y sigue estando aún, el campamento de la Fuerza Aérea (conocido entonces como el CEFA), hacia la Intendencia y Transportación, donde estaban hombres pertenecientes al Ejército Nacional. Día y noche, el volar de los helicópteros se había convertido en la razón de mirar hacia el cielo y la sensación de que %u201Calgo grande va a venir%u201D.

En un momento me asomé a la puerta de la casa, y ahí estabán estos tipos, con la cara pintada de verde y negro, y unos uniformes militares extraños, cargados de granadas, peines de balas, y un fúsil que no había visto antes. Su mirada me heló profundamente. No hay dudas, me intimidó.

-¿Quiénes son estos tipos? ¿De dónde llegaron? La invasión estaba consumada. En su inglés hiriente, nos despojaban de nuestra dignidad, y ya carecíamos, incluso, de nuestro derecho de %u201Cmirar hacia afuera%u201D. 28 de abril de 1965, se convirtió en un día angustioso, temible. La Guerra de Abril se convirtió en una Guerra Patria. Por segunda vez, en un siglo, la República Dominicana se ve invadida por las tropas de los Estados Unidos. Solo que esta vez, los gobiernos de un grupo de países se prestaron a «adornar el rostro de la intervención», formando lo que eufemísticamente llamaron «la fuerza de paz». 

Poco a poco fueron llegando los %u201Chombres del Ejército Nacional%u201D, casi como custodiados por el ejército invasor. No olvido cuando entraron a nuestra casa, y la requisa se hizo larga y tensa. Peor, cuando al abrir una gaveta de mi %u201Cmesita de noche%u201D se encontraron con la %u201Cpistola 45%u201D, de un plástico verde oscuro, y que uno de los militares tomó en sus manos y dijo: %u201Ccon esto se puede hacer un disparo%u201D. Fue la última vez que la ví.

A lo lejos, se continuaba oyendo el tableteo de ametralladora o disparo intenso del fúsil. La vida de todos cambió para siempre. La vida del barrio, otrora lleno de la candidez y dulzura con que las familias de entonces vivían, quedó transformada. Nuestra alma, quedó mancillada.

Unas extrañas barricadas, llenas de «alambres de púa», como una cicatriz, atravesaron toda la ciudad partiéndola en dos. La bochornosa invasión era una realidad.